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Alberto Fuentes Rivera: el artesano del metal y del conocimiento

  • Foto del escritor: Karina Fuentes Medrano
    Karina Fuentes Medrano
  • 1 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Alberto Fuentes Rivera nació el 24 de marzo de 1963 en Puebla, entre el aroma de los volcanes y la tierra fértil que acompañó sus primeros pasos. Hijo de un México obrero y tenaz, creció con la guía de sus padres y la compañía de su hermano Arnold, quienes le enseñaron el valor del trabajo constante antes de que la vida lo llevara al Estado de México.


Su infancia transcurrió en Lomas de San Lorenzo, Atizapán de Zaragoza, barrio que moldeó su carácter y su oficio. Allí, entre calles polvorientas y el eco lejano de las fábricas, encontró su primer taller de sueños. En 1987, con 24 años, se casó con María Eva, y juntos levantaron un hogar que se convirtió en refugio y motor de su vida familiar.


El técnico que convirtió el trabajo en arte

Desde niño, Alberto desarmaba radios y observaba el funcionamiento de los motores con curiosidad inagotable. Su fascinación por la mecánica y el detalle lo llevó al CBTIS No. 35 (1978–1982), donde obtuvo el título de Técnico Profesional en Máquinas y Herramientas. Sin embargo, su verdadera escuela fue el taller: el olor a aceite, el zumbido de las máquinas y los errores corregidos con paciencia.

Su carrera comenzó en Moldes y Plásticos (1986) y continuó por casi dos décadas en Grupo Administración Técnica, donde se consolidó como especialista en moldes de precisión. Quienes trabajaron con él lo conocían como “Arnold”, apodo que se ganó por su fuerza tranquila y su perfeccionismo inquebrantable.

“Si no brilla, no sirve”, solía decir.Ese acabado a espejo era su firma, su forma de dejar huella sin decir palabra.

Viajes, aprendizaje y visión del mundo

El trabajo lo llevó lejos. Canadá, Estados Unidos y, sobre todo, Alemania, marcaron su trayectoria. Allí, en Paderborn y Lippstadt, se especializó en pulido y mantenimiento de moldes. Pero más allá de la técnica, Alemania le ofreció algo más: la posibilidad de mirar la historia cara a cara. Visitó museos y fortalezas de la Segunda Guerra Mundial con respeto y reflexión, convencido de que entender el pasado también perfecciona el presente.

“Me pagaron por aprender”, decía con una sonrisa discreta. En cada viaje, trajo consigo no solo nuevas herramientas, sino una visión más amplia del mundo y de su oficio.


Un lector entre máquinas

Pocos sabían que, tras los lentes y el overol, habitaba un lector voraz. En su mesa de noche nunca faltaban ejemplares de Muy Interesante, National Geographic y Mundo 21. Leía con la misma concentración con la que pulía: línea por línea, sin distracción.


Las revistas eran su universidad paralela. En ellas viajaba cuando los turnos eran largos y el descanso escaso. Aprendió de historia, ciencia y naturaleza, encontrando en esas páginas la misma pasión que en el acero: el deseo de comprender cómo funciona el mundo.


El sonido del taller

Cuando el ruido de las máquinas cesaba, encendía su refugio musical: Kiss.Detroit Rock City o I Was Made for Lovin’ You acompañaban su cansancio y lo transformaban en energía.El rock fue su válvula de escape y su filosofía: disciplina, fuerza y libertad.


Entre 2008 y 2010, los años duros de la crisis económica, trabajó por cuenta propia. Las oportunidades escaseaban, pero su carácter no se quebró. Ajustó, soldó, volvió a empezar. En 2010 ingresó a Magneti Marelli, y en 2013 a PRINCEL, donde fue apreciado por su responsabilidad, su liderazgo y su generosidad con los jóvenes aprendices.

Arnold no imponía, enseñaba. Compartía trucos de pulido, corregía con calma y recordaba que “el trabajo dignifica cuando se hace con respeto”.


Últimos años y legado

En su último año laboral, fue asignado a la planta de Hella en Guadalajara. Soñó con mudarse allá junto a su familia, pero la vida tenía otros planes. Aun así, aquella etapa le enseñó a liderar en la distancia y a valorar el equilibrio entre el trabajo y el hogar.


El 17 de octubre de 2025, Alberto Fuentes Rivera —Arnold, para todos— partió dejando un legado que brilla como los moldes que pulía: la perfección no está en no equivocarse, sino en volver a intentar con más cuidado.

Su historia es la de un hombre que transformó metal en arte, que viajó del taller a los museos, y que supo encontrar belleza en el detalle. En algún taller, un joven técnico mira un molde reflejando su rostro y, sin saberlo, continúa su obra.



 
 
 

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